
Todo hombre tiene una
short list de grandes mujeres en su vida. Hermila Molints (Mila o Milita para los cercanos) encabeza mi pequeña lista de las más admirables, no porque sea mi abuela paterna y hasta nos parezcamos físicamente, sino porque su amor y respeto hacia la vida fue un ejemplo para cualquiera que la conoció. Nacida antes de la revolución mexicana, en casi un siglo de aventuras logró enfrentar situaciones adversas con tenacidad, rectitud y sabiduría. En desafío frontal a las costumbres de la época, rehusó ser la esposa adolescente sumisa y abandonó a su primer esposo para buscar sola un nuevo destino en una capital tan grande como desconocida. Con su segunda pareja le convino la unión libre y, ante el frágil estado de salud de mi abuelo, utilizó todo su ingenio para crear oportunidades para ella y sus hijos, que finalmente la hicieron irse llena de orgullo, sabiéndolos honestos, llenos de éxitos profesionales, unidos, sanos... dignos de ella pues. En constante movimiento, llena de comprensión, de consejos sabios, de buen humor y de antojos, Mila desde niña, y hasta el año pasado que se nos fue, mostró autonomía y determinación sin igual. Su mirada, la más dulce que he conocido, se fue llenando de paz con el tiempo y, a pesar de lo desgastado de su cuerpo en sus últimos años, nunca perdió la capacidad de saborear cada bocado, cada caminata, cada visita, cada sonrisa. Abuela, te extraño ! Faltan tus chistes y poemas que nadie recordaba que te supieras ! Te puedo garantizar que te llevamos con nosotros a todos lados y que tratamos de aprovechar todo momento, por más simple que sea, tanto como tu lo hiciste.